Para la escritora Brenda Ríos (1975), Acapulco, el lugar donde nació y pasó su infancia, “está más cerca de la tierra que del cielo azul y despejado”. Un paraíso y un infierno al mismo tiempo.
De niña, desde su casa familiar, cerca de playa Caleta, veía llegar las hordas de turistas chilangos de clase trabajadora ansiosos de gozar la arena y el mar, muchos de ellos por primera vez en su vida. El rastro de basura que dejaban a su paso parecía terminar de sepultar aquellos destellos del glamour que entre 1940 y 1960 hizo brillar al puerto.
Mientras tanto, a kilómetros de esa popular playa, comenzaba a levantarse una especie de fortaleza con mansiones habitadas por políticos, estrellas de televisión y cantantes como Luis Miguel, uno de los principales promotores del impulso turístico del puerto hacia 1980 y 1990. Ese nuevo esplendor, sin embargo, se concentró en enclaves exclusivos. La gente de a pie siguió viviendo al día, prestando servicios, dedicándose al comercio de cualquier cosa, habitando pequeñas casas Infonavit diseñadas con una arquitectura hostil, sin aire acondicionado ni acceso a la brisa del mar.
Esas imágenes discordantes toman forma en Sweet Acapulco. Crónicas y divagaciones del último paraíso en la tierra (Debate, 2026), una serie de relatos en los que Brenda Ríos pinta a ese puerto lejos de la postal del edén tropical y más cerca de un western. “Un western absoluto, sangriento, jocoso, libidinoso, con vista al mar. Con pistoleros a sueldo. Sicarios pubertos dispuestos a morir por un pago de dos pesos. Una película de Tarantino con un Frank Sinatra al fondo: seductor, manipulador, dueño de todo. Y al final, alguien, no se sabe quién, da la orden de incendiarlo todo”, escribe la autora en el prólogo del libro.
En entrevista, Brenda Ríos habla de la constante contradicción que define a este puerto, concebido como un paraíso turístico que oculta profundas desigualdades sociales, violencia y una vida cotidiana precaria para sus habitantes.
¿Cómo concebiste esta serie de crónicas?
Tenía unos textos aislados, que son los más antiguos del libro y que son estas postales tan contradictorias. Yo le había llamado originalmente Cuarto con vista, que era como imaginar que le estoy explicando a alguien qué es Acapulco. Porque me pasa una cosa con mis amigos chilangos, ya llevo aquí más de la mitad de mi vida, pero uno tiene que explicar siempre su lugar de origen por todos los lugares comunes, entonces, yo me lo he pasado en las cenas explicando que Acapulco no es así como creen. Entonces me puse a hacer esta serie de textos, a partir de lo que para mí es Acapulco. Hay unas cosas donde se estira un poco la liga. Sí está el mar, pero también la tanqueta militar. Ese tipo de cosas que se ven en la prensa y pasan desapercibidas para el ciudadano común porque se acumulan las tragedias y uno no tiene tiempo para ponerles atención como la playa en Semana Santa llena, con militares resguardando a los turistas, o aquella foto de unos turistas canadienses, hace 3 o 4 años, que están en una playa tomando cerveza y hay un cuerpo al lado. Este libro surge de ahí.
Hablo también de cosas que parecen exageradas, pero no lo son, como cuando vivía en Acapulco y empezaba a publicar, mientras estaba haciendo una traducción en verano, hacía un calor tremendo que si me quedaba en la cama acababa empapada, me levantaba y la cama quedaba empapada de sudor. Te tienes que bañar tres veces al día. Suena exagerado, pero uno no vive siempre con aire acondicionado.
Todo el mundo cree que Luis Miguel es mi vecino. No, Luis Miguel no vive ahí. Vive en Miami o en Los Ángeles. La gente de dinero no vive ahí, usan Acapulco, lo explotan. Luis Miguel fue uno de los principales promotores del centro comercial más grande, con tiendas donde las camisas te costaban entre tres y cinco mil pesos. ¿Qué ciudadano de clase media o trabajadora de Acapulco va a poder ir? Son estos enormes contrastes que suceden en todos los paraísos turísticos, a costa de la gente que vive en las periferias, que a veces no tienen acceso al mar, ni siquiera brisa. Por ejemplo, hay un Infonavit en Caleta cerca de la playa, pero las casas están construidas en bajadas, con escalones. Es casi un atentado porque son casas de interés social y no ves el mar, solo lo escuchas y no entra ni brisa. A las dos de la tarde con ese sol calcinante tienes que prender la luz. Tú dime si eso no es arquitectura hostil.
¿Fue un paraíso ideado para turistas y para gente rica?
Claro. Yo crecí en los años 80 y me tocó ver llegar a los turistas más humildes porque mi casa está a siete minutos de Caleta. Llegaban camiones y camiones, llenaban la calle de basura y yo de niña me escandalizaba, le decía a mi papá: “pero es que vienen y solo echan basura”. Y él me puso una regañiza que nunca se me olvidó: “Tú no sabes lo que esta gente ahorró. Esta es la persona que es el zapatero, la empleada doméstica, que ahorró un año de su vida para poder venir y conocer el mar”. Claro, yo solo me fijaba en lo feo, en lo sucio, pero era verdad. Estamos hablando de un relato de clase. Yo diría, siendo exagerada, que es muy lo mío, que ocho de cada diez ciudadanos de la Ciudad de México y del Edomex conocieron el mar, gracias a Acapulco.
Mencionas que Acapulco no tiene una actividad económica con tanto arraigo, como la tendrían otros lugares, agricultura o artesanías…¿Cómo se ha formado la identidad de Acapulco? ¿Qué es lo que los define, cuáles son sus tradiciones?
La identidad acapulqueña siempre ha sido complicada. Hay un libro maravilloso de Ricardo Garibay y otro de María Luisa Puga donde se la pasan explicando qué es Acapulco, igual que yo. Creo que hay una relación con lo del pícaro playero, que está muy bien explotado en Simbad el mareado, de Tin-Tan.
Sobre la actividad comercial primordial, Acapulco era un puerto pesquero como muchos otros. Hay todavía zonas muy parecidas a como era ese Acapulco, pienso en Playa Ventura, que es la Costa Chica de Guerrero y es la frontera con Oaxaca. Ahí la gente todavía tiene su enramada y de eso vive. Así me imagino Acapulco en esta especie de pre paraíso construido en los años 40. Era un pueblo costero al que, de repente, llegó una banda de gringos a poner negocios con permiso, por supuesto, de las autoridades locales. Si me preguntas cuál es la actividad comercial de Acapulco, es el comercio y los maestros de educación básica de la SEP. Y la única actividad tradicional por la que el puerto se para y por la que los maestros no regresan a trabajar, son los jueves de pozole. Antes se acostumbraba que esos jueves de pozole se hicieran show trasvesti.
Identidad como tal, creo que hay una parte del carácter acapulqueño que es a la vez encantador y a la vez abusivo, en algunos casos, como el que te ofrece un servicio turístico. No sé qué fue primero: si el chilango que llega y educa al acapulqueño para agandallar al otro o fue una combinación muy extraña porque son bien listos, a veces abusivos; también está el encantador y maravilloso que te dice: “Mi reina, regresa cuando quieras, aquí te abrazamos”.
Creo que hay todavía una imagen del Acapulco bonito, pero ¿cómo viven la realidad quienes habitan allí, el que presta servicios y que también tiene que pagar derecho de piso?
Pues es una cuestión muy dura porque, en realidad, Acapulco vive al día. Los taxistas, los urbaneros, la gente que se dedica a servicios de transporte, colectivo o privado, vive al día. Los demás, los meseros, los que te rentan la sombrilla, todos viven de propinas. La propina es un tema impresionante en los puertos. También por eso puedo entender el abuso, porque en dos días de Navidad o dos días de Semana Santa quieren sacar para los meses siguientes.
Entonces todo eso ha sido un golpe muy duro. Cuando todavía vivía allá en Acapulco, había dos millones de habitantes, ahora hay una disminución de la población, entre la violencia organizada, el huracán..., hay una población menor a un millón 400 mil personas.
Todo lo que ha pasado recientemente es tremendo porque se vive al día y de manera muy arriesgada. A veces no sé si eso también influye en que los acapulqueños tengan esta forma de vivir que, sin generalizar, también se ve en el Caribe: vivir de manera arrasadora, como diciendo “vamos a celebrar hoy porque es lo que hay”. Son contradicciones: vivir en situaciones de riesgo y, al mismo tiempo, aceptar el destino como si fueran personas realmente optimistas.
¿Cómo ha reconfigurado el crimen organizado esa forma de vida?
Todo está situado ahí. El restaurante que está cerca de mi ex casa lo quemaron dos veces, ha habido balaceras allí, sigue sin abrir desde la última vez que lo quemaron, hace dos años. Hay un lugar que, cuando yo era chica, la gente mayor iba a bailar: el Copacabana. También lo han quemado, se ha reconstruido varias veces. Eso reconfigura todo porque ya nadie va a poner un negocio en esa situación. Fui hace poco al Puerto de Veracruz, que fue asolado por los zetas, casi, casi destruido, pero en tres años se levantó. Vas a Boca del Río y te dicen: “aquí escribió Fernanda Melchor”. Es ya como una atracción turística. Veracruz se reconstruyó. Mazatlán sigue en pie. Con todo lo que implica la cercanía a Culiacán, todavía hay una vida diurna posible, incluso nocturna, en ciertas zonas; hay franjas horarias para poder salir. Acapulco, desde hace 10 años, sobre todo la zona tradicional que es la que me compete, está en toque de queda. Antes ibas al Zócalo y estaban las señoras vendiendo pan de Chilapa, ahora ya dejaron de trabajar ahí. Hay una o dos, pero están en el día. Ya no hay nadie en la tarde.
Imaginate que antes de Otis llevábamos diez años con problemas de electricidad y fugas de agua. CAPAMA (la comisión local de agua potable y alcantarillado) es una institución completamente corrupta. Entonces, la extorsión y la falta de gobernabilidad hacen una combinación muy complicada. Ves a la población común y corriente en una situación, básicamente, un nivel más arriba de la indigencia. Incluso hay maestros que desde hace años, en Navidad o en días de quincena, tienen que pagar extorsión, su derecho de piso, porque están boletinados.
¿Ves en el panorama alguna posibilidad de poner orden?
No, eso es lo que rompe el corazón porque Guerrero es tan volátil. Si llega mano dura, en el sentido de políticas que realmente combatan la violencia, se va a poner feo; si llega mano suave, va a seguir igual. Además, ahora estamos con el caso de los desplazados en la montaña. Hace poco, los cárteles desplazaron a pobladores de una comunidad con drones. Hay esa lucha entre cárteles y la población vive arrinconada. Hay un éxodo, una diáspora interna que vuelve complicado todo.
Sobre la función de la crónica, ¿qué importancia le das frente a los relatos breves y efímeros que tanto abundan actualmente?
Cuando se publicó el libro, me dio un poco de culpa, porque cuando escribes siempre te da culpa lo que faltó o lo que le sobró. Yo pensaba que quizá tenía que haberle metido más datos duros o que le hizo falta más seriedad periodística, pero bueno, no soy periodista. Yo creo que lo que te da la crónica es que puedes decir algo a ras de banqueta, a ras de la playa desolada, a las 9 de la noche, qué hay y qué no.
Por ejemplo, una vez tuvimos una lectura de poesía con unos amigos en un cafecito chiquitito y un amigo poeta llevó la bocina de la escuela donde trabaja su mamá. Saliendo de ahí, no teníamos a dónde ir a tomar o cenar algo, nos fuimos a la playa. No había nadie, eran las 9 de la noche. Teníamos que ir a un baño público y era un espacio muy extraño, coptado por hombres que no sabes si trabajan ahí, si son estibadores, pescadores o qué. Yo dije: “ya me voy a mi casa”, pero sales, te subes a un taxi y rezas porque es la única persona que va a pasar en las siguientes dos horas. Creo que eso te permite la crónica, que yo te pueda contar cosas que vi o viví. No soy una corresponsal de guerra, simplemente soy una corresponsal del sitio, contar cómo timaron a la persona de la mesa de al lado o del buzo feliz porque pescó algo, ese tipo de cosas que completan el cuadro de lo que lees en las noticias.
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