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Donald Trump y los suyos inventan a los enemigos de Estados Unidos. Que no existan aquellos que definen es un dato sin importancia y no aminora los peligros que para el mundo entero significa que la poderosa maquinaria de guerra haga nuevas listas.

En ese marco de invenciones se inscribe la “cumbre antiterrorista” que, con la participación de representantes de 60 países (unas horas antes del evento ni siquiera se conocía la lista de invitados), pretende coordinar a los aliados de Trump para combatir el terrorismo “de extrema izquierda”.

El convocante es el secretario de Estado, Marco Rubio, quien con argumentos que no resisten el mínimo análisis agita los miedos que un par de fantasmas causan a un sector de la sociedad estadounidense: el comunismo (la Guerra Fría) y el terrorismo (11 de septiembre y las Torres Gemelas).

La nueva “cumbre” —si se puede llamar así a la reunión del jefe con sus empleados más obedientes— está dedicada a trazar estrategias para enfrentar el “resurgimiento del extremismo político trasnacional y las redes violentas de extrema izquierda”.

En esa etiqueta cabe todo: de una agrupación islamita radical al demócrata más tibio que se oponga a alguna política del hombre naranja.

El giro ocurre cuando se acerca una elección intermedia a la que Trump y los suyos llegan abajo en los números y cargando derrotas en comicios locales, a manos de candidatos que MAGA identifica —como lo hace con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani— como “extremistas”.

En el vecino del norte se han prendido las alertas porque hay evidencias de que azuzar con esos viejos fantasmas pretende, en realidad, justificar acciones legales contra críticos o bien los ataques de fuerzas paramilitares como el ICE contra todos aquellos que enarbolen banderas como la defensa de los inmigrantes o de los derechos de las mujeres.

Trump y los suyos usan de manera indistinta expresiones como izquierdista radical, comunista, socialista y terrorista para calificar a quienes se oponen a sus políticas, protesten o no en las calles.

En los primeros lugares de esa lista de enemigos están millones de personas migrantes que residen en EU, con documentos o sin ellos.

Trump ha dicho que los migrantes son violadores y asesinos que proceden de “países de mierda”; los ha comparado con villanos de películas de terror; y ha calificado su presencia como “invasión”.

Para él, millones de personas que sostienen sectores clave de la economía —70 por ciento de los jornaleros agrícolas son inmigrantes— son, así lo ha dicho, el “enemigo interno”.

Esa retórica se ha traducido en la normalización de múltiples violaciones a los derechos humanos de comunidades enteras.

Algunos casos, por la crueldad ejercida y por la difusión de los abusos, han merecido una condena casi general, como está ocurriendo con el asesinato del mexicano Lorenzo Salgado Araujo, en Houston, a manos de agentes del ICE.

Salgado, una persona que había trabajado más de tres décadas en el vecino país y tenía documentos que acreditaban su estancia legal.

La guerra que ya ocurre dentro de Estados Unidos se expresa en hechos como la negativa de las autoridades federales a colaborar en la investigación del asesinato de Salgado y otros crímenes similares, que correspondería esclarecer a los gobiernos locales.

El anuncio de que México presentará demandas en este y otros casos, como ha informado la presidenta Claudia Sheinbaum, es una excelente noticia y una acción que merece todo nuestro respaldo.

Al incluir a los inmigrantes en su lista de enemigos, Trump busca satisfacer a una base electoral que culpa a los inmigrantes de todos los males del país. A esa base le ofreció, en el arranque de su segundo mandato, deportar a un millón de personas cada año.

Ha quedado muy lejos de esa meta, pese a la enorme cantidad de recursos empleados en centros de detención, despliegue de tropas y vuelos de deportación.

Un puñado de empresas, donantes de las campañas de Trump y el Partido Republicano, han sido las ganonas de políticas (cada detenido cuesta entre 150 y 165 dólares por día) que, con más estridencia que efectividad, buscan regular la inmigración.

Pese a los discursos incendiarios del presidente de EU, la realidad es que su país necesita a los inmigrantes.

Según organizaciones tan serias como el Pew Center, durante la próxima década la economía estadounidense requerirá la incorporación de casi 16 millones de personas migrantes para cubrir la reducción de su fuerza laboral por el envejecimiento de su población y por el declive de su tasa de natalidad.

Lo demás es pólvora electoral.


Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/dolores-padierna/2026/07/15/estados-unidos-contra-estados-unidos/

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