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Dos cruces más, de esas que adornan cementerios, de las que llenan los nichos de las iglesias y de las cenizas a las que se les construye un altar en la sala. Dos cuerpos más a quienes se les repatria el espíritu por las acciones de un gobierno cegado por el poder. Dos tragedias que se ven, pero muchas más que se olvidan en el silencio, que no llegan a las noticias, de las que no nos enteramos… de esas muertes que pasan
como si no lo hicieran. Pero tienen nombres, apellidos, nacionalidad y deudos: Joan Sebastián Durán Guerrero y Lorenzo Salgado Araujo.

Ambos murieron a manos de agentes migratorios en operativos en julio. Joan Sebastián, un colombiano de 26 años, en Maine; Lorenzo, un mexicano de 52 años, en Texas. Iban al trabajo, tenían familia e historia en Estados Unidos y fueron baleados mientras conducían; no eran a los que buscaban, pero sí un blanco fácil.

La historia de sus últimos momentos se arma como un rompecabezas con videos de testigos y de vigilancia, porque los agentes no portaban cámaras corporales. Es un ir enlazando las llamadas al 9-1-1, las transmisiones en vivo, los testimonios y las especulaciones, para darle sentido a unas muertes que parecen no tenerlo.

La segunda administración presidencial de Donald Trump ha tenido un efecto devastador para los migrantes y activistas.

El 2026 lo comenzamos con los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti, defensores de los derechos humanos que participaban en protestas pacíficas en contra de los abusos policiacos y las redadas. Fueron abatidos por agentes de migración en Mineápolis a plena luz del día, frente a testigos, sin mayores consecuencias; solo hay investigaciones que “avanzan” con una lentitud dolorosa. Eran ciudadanos estadounidenses; una distinción que acabó, al menos por un tiempo, con la indiferencia.

Enero estuvo marcado por el luto, por el coraje, por la impotencia, por el abuso de poder y por las vendas que se cayeron de muchos ojos de esos votantes que antes no creían que las políticas migratorias podrían ser mortales, incluso para los que tienen papeles de nacimiento.

Pero julio también ha sido doloroso. Estas otras dos muertes provocadas por las autoridades pesan y mucho. Hubo disparos, pero también silencio. Ahora el enojo pareciera ser menor. Las protestas son más pequeñas, los aliados menos, la indignación está moderada, como si la vida de las primeras víctimas hubiera valido más solamente por su ciudadanía y las de estos dos se hubiera justificado por sus condiciones migratorias. 

¿Será que hemos normalizado la violencia a tal punto que nos volvemos indiferentes al dolor ajeno? ¿O que la política tan polarizante nos ha adormecido a tal grado que nos ha dejado de importar?

La justicia no siempre es ciega y no siempre llega. Y ahora no sé si duele más el descaro o la impunidad.


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