“En ciencia, el que no arriesga no encuentra nada nuevo”: Jerome Friedman

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Ni siquiera sus propios teóricos estaban seguros de su existencia. En el modelo matemático tenía sentido, pero la incredulidad era más tangible que los logros científicos para comprobarlo. Sin embargo, como ha sucedido muchas veces en la historia de la ciencia, y constantemente en la física, esa idea casi desechada y desaprobada por casi todos era acertada.

Teorizados por Murray Gell-Mann, los quarks eran tan exóticos como su nombre —tomado por éste del libro Finnegans Wake, de James Joyce— y su existencia no era para nada un consenso entre la comunidad de físicos. La idea de que los protones y neutrones dentro del átomo estuvieran conformados por estos pequeños invisibles no era del todo tomado en serio.

Entre 1967 y 1973, investigadores del Acelerador Lineal de Stanford (SLAC, por sus siglas en inglés) decidieron emplear la poderosa máquina para buscar estas partículas subatómicas. A lo largo de esos años, obtuvieron pruebas suficientes para comprobarlo y así cambiar los conceptos que se tenían en la física de partículas. Después de la década de los ochenta todo modelo teórico del área no podía desestimar la existencia de los quarks, que inicialmente se pensó sólo eran de tres tipos: up, down y strange.

Predicciones matemáticas de diversos físicos postularon después la existencia de otros tres “sabores”, cuya comprobación llegó años después. Hoy en día se conocen seis especies o sabores (up, down, strange, charm, top y bottom) y son parte de los cimientos del modelo estándar de la física de partículas que explica cómo se constituye la materia que conocemos. No obstante, aún guardan misterios por resolver.

Jerome Isaac Friedman, alumno de Enrico Fermi, obtuvo el Premio Nobel de Física en 1990 —mismo año en el que Octavio Paz fue galardonado en el área de Literatura— por el co-descubrimiento de los primeros quarks en el SLAC, durante los años de incredulidad y con la advertencia de que podría haber perdido el tiempo y alentado el descrédito de sus colegas. Pero nuevamente la historia fue otra.

¿Por qué el científico continuó? Algo que también debían aceptar los científicos fue que no podían comprobar o desechar la idea de los quarks porque no había suficiente información, relató. “Al menos teníamos que explorar la posibilidad, aunque no encontráramos nada”. Por una parte pensó que sería una pérdida de tiempo y nada bueno para su carrera, pero por otra también tenía en mente que valía la pena investigar y arriesgarse. “Hay ocasiones en la ciencia que si no tomas riesgos de una forma u otra no encontrarás nada nuevo”.

El científico enfatizó que el trabajo en el SLAC significó un gran esfuerzo que requirió más de un lustro. Para el momento del descubrimiento alrededor de 30 personas trabajaban en el proyecto, entre ellos estudiantes, “quienes tienen un rol muy importante en el desarrollo de las ciencias”.

Antes, al inicio de su conferencia, Jerome Friedman mencionó a estudiantes mexicanos que su país y el mundo los necesita, puesto que la humanidad enfrenta algunos de los más grandes desafíos que haya visto, como el cambio climático, el crecimiento poblacional y las consecuencias que generarán.

TIEMPOS EXCITANTES. El físico estadunidense (Chicago, 1930) se encuentra en México para compartir parte de su historia, por medio del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y de la Iniciativa Honeywell para la Ciencia y la Ingeniería. De esta forma, ayer y hoy, el Nobel compartió con la comunidad politécnica detalles de la historia de los quarks, su teorización y comprobación, así como los secretos que guardan aún.

“Desconocemos por qué hay seis tipos y por qué tienen diferente masa. ¿Qué ocurre con sus cargas? A este punto no lo sabemos”. Por otra parte, ¿son los quarks las partículas más fundamentales que existen? Lo mismo se creyó del neutrón y protón hasta que hubo la tecnología para ver quarks, refirió el Nobel a los politécnicos. “Si tuviera que apostar diría que no, pero podría estar equivocado”.

Para saberlo, habría que acelerar y colisionar partículas con cantidades descomunales de energía, que ni siquiera el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) podría lograr. No obstante, esta poderosa máquina sí ayudaría a resolver las otras preguntas, señaló Friedman.

“Esperamos que el LHC nos proporcione algunas respuestas de por qué sólo existen seis tipos de ­quarks. Pero el Gran Colisionador tiene otras metas excitantes por investigar, como ya lo hizo con el bosón de Higgs, y ahora está en búsqueda de comprobar si existe la supersimetría o dimensiones extras, además de otras grandiosas cosas que no hemos anticipado”.

Es por este tipo de momentos históricos que el Nobel de Física asegura que es un gran momento para la física de partículas y para ser científico. “Seguramente seguirá así por muchos años y espero que algunos jóvenes, como los del Politécnico, tengan la oportunidad de participar en algunos de ellos. Hay grandes descubrimientos por delante y yo también quisiera tener la oportunidad de participar en ellos”.

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