Simone de Beauvoir y el Existencialismo como Moral de Trascendencia.

Febrero 10 2017 por Rafael García Pavón

Universidad Anáhuac México
Facultad de Humanidades, Filosofía y Letras.

“El hombre no puede escapar a la filosofía porque no puede escapar a su libertad: ésta implica el rechazo de lo dado y supone la interrogación. (…) Toda iniciativa viva es una elección filosófica, y la ambición de una filosofía digna de ese nombre es ser un modo de vida que tenga en sí mismo su justificación”. (Beauvoir: 2009, pp. 23-24)

Simone de Beauvoir fue una filosofa y escritora que siendo nacida en 1908 en París fue, junto con otra gran pensadora Simone Weil, la segunda en obtener el promedio más alto de ingreso a la prestigiosa École Normale Supérieure. Simone de Beauvoir ha pasado a la historia, a veces injustificadamente, por su polémica e intensa relación de amor con el filósofo existencialista Jean Paul Sartre y por su influencia con la obra El segundo sexo en los movimientos de liberación femenina de los años 60. Lo cual muy a su pesar ha provocado que se le asocie según “la sabiduría de los pueblos” como representante de ideas contrarias a las buenas costumbres o como bandera de movimientos redentoristas de  la mujer que solo denotan en el fondo lo que Simone siempre combatió: el miedo a ser responsables de su propia condición y por ende a la filosofía.
El pensamiento de Simone de Beauvoir tuvo siempre como base y como horizonte la filosofía existencialista o filosofía de la existencia, a la cual  llamará con mayor precisión una filosofía de la trascendencia. Los rasgos centrales de este modo de pensar, como forma de vivir para ser auténticamente humano, fue expuesto en sus rasgos generales en un pequeño texto titulado: El existencialismo y la sabiduría de los pueblos en la revista Les Temps Moderne, la cual fundó con Sartre en 1945.
Texto que es equivalente al famoso escrito por Sartre El existencialismo es un humanismo. Porque los dos textos hacían frente a las críticas y a los ataques de que el existencialismo era un pensamiento subjetivista, pesimista, desesperado y que sólo hundía más a los seres humanos de la post-guerra en el abismo de su miseria, sin Dios y sin horizontes de futuro. Tanto uno como otro lo que ponen en claro es, que el existencialismo es una filosofía que pretende hacer que el ser humano se haga responsable libremente de su condición humana y lo que ésta implica. Si bien, el texto de Sartre se encuadra en la lógica del pensamiento fenomenológico, el de Beauvoir se enfoca en marcar la trascendencia de la libertad humana, como condición del hombre, de todo pensamiento utilitarista, confortable o naturalista que degrada al ser humano, y en muchos casos a la mujer, a un objeto determinado por las circunstancias que se explican como causas mecánicas y que se termina justificando mediante lo que ella llama “la sabiduría de los pueblos”. Los invito a recorrer los argumentos que Simone nos aporta en este texto poco valorado pero de aguda claridad.
¿Qué es para Simone de Beauvoir lo que propugna la filosofía existencialista? Y ¿Por qué sería importante ser existencialista? Para Simone lo existencial se refiere a poner en el primer plano de la realidad humana la libertad. La cual no se entiende como una facultad del hombre, como si fuera lo mismo que la capacidad visual o la capacidad auditiva, es decir, como si fuera un instrumento que pudiéramos usar en función de nuestros fines o deseos o nuestra voluntad. La libertad no es una realidad del ámbito de lo natural, entendido éste como un campo de fuerzas que se organizan bajo una cierta ley que puede ser representada, calculada, medida y utilizada. La libertad es la experiencia de la realidad humana como algo que nos hace sentirnos no satisfechos con lo que somos, que nos hace experimentar que nada nos es suficiente, que aparece ante nosotros a veces de forma traumática como la irrupción de un orden no calculado o no previsto; sino que aparece como una realidad de radical apertura y ruptura con lo que está establecido en todos los órdenes de realidad.
Por ello, saberse libre angustia, porque es saberse solo un punto de partida y no una substancia ya determinada, que sólo debe desplegar sus facultades en el tiempo. Esto no quiere decir que no reconozcamos lo que naturalmente somos, sino que el yo, nuestra subjetividad y a lo que le damos nuestro nombre singular no es nada de ello. No se reduce ni al cuerpo, ni a las facultades, ni a lo heredado, ni a los fines, ni a los objetos, ésta es libertad, y libertad es siempre un acto de trascendencia; el yo, cada sujeto humano, por ser libertad trasciende los ámbitos de lo finito y lo necesario o lo heredado.
La existencia son los actos por  los cuales trascendemos lo que nos determina, lo que nos sujeta, en una superación constante hacia un futuro o un por-venir que se da en el plano de la creatividad, la imaginación y el sueño.  Es la irrupción de lo imposible, de lo desconocido, de lo que es nada pero llama, de lo que es otro y cuya concreción puede darse de muchas maneras posibles. (Beauvoir: 2009, pp. 46-47)
Pero en esos actos de sabernos sólo un punto de partida, nos hace experimentar que en sí mismos somos nada, pero la nada no significa vacuidad, sino ausencia de posición y de auto-posesión, inclusive de revelación. Por ejemplo, no es lo mismo saber acerca de la democracia como sistema político que elegir ser un demócrata; de la primera forma somos nada, de la segunda forma nos encaminamos a existir como demócratas. No es lo mismo hablar y saber sobre el amor, que elegir amar. Cada acto humano que no se da como desarrollo de una facultad, se da como una elección en un ámbito u horizonte de posibilidades, las cuales como tales no determinan ni definen nada; son nada mientras sean posibles. Por ello nos dice Simone de Beauvoir que los llamados valores humanos como el amor y la amistad no son cosas, o realidades predeterminadas sino algo que hay que conquistar.
La libertad se traduce en compromiso integral en los actos con lo que elegimos y queremos, una responsabilidad no sobre los objetos, sino sobre lo que llegamos a ser. La libertad por eso no es hacer lo que uno quiera de forma arbitraria, sino el hacernos responsables de que somos un proyecto en constante movimiento y que sus contenidos solo se mantienen, se revelan y realizan si nos comprometemos en nuestros actos de manera completa. Pero este completarse nunca es absoluto, siempre es relativo a la elección; puedo elegir una vez, dos o tres veces, pero lo que importa no es el número de elecciones, sino si la elección es fundamental o no en cada momento de la vida en el tiempo en la que se pone en entredicho el abismo que hay entre las palabras y las acciones. En este sentido el existencialismo es una filosofía de la responsabilidad, de hacerse cargo del devenir de la existencia humana en mis elecciones. Ser libre es comprometerse y responsabilizarse con lo que deviene y lo que ha devenido, no por una causa o una ideología, sino por la propia condición humana.
Esto quiere decir que para Simone de Beauvoir la existencia es un ámbito que no pertenece a lo que se da por necesidad o por lógica, no pertenece al ámbito del desarrollo natural o de las circunstancias. La existencia aparece siempre como un proyecto que se abre a un espacio desconocido y como tal puede angustiar o atemorizar o interrogar. En ese espacio la libertad no es elegir una cosa u otra, sino elegir que somos precisamente nada. Lo cual significa que somos proyecto y asumir en una humildad existencial  el estar siempre renovados y dirigidos al futuro sin intereses pre-existentes.
Para Simone de Beauvoir por ello la dimensión de la libertad se identifica con la subjetividad (Beauvoir:2009, p. 50) Esto no es que tengamos libertad, es que somos libertad, como diría Kierkegaard, somos activamente posibilidad. En ese sentido sólo podemos llegar a ser humanos si antes de cualquier elección elegimos nuestra condición, esto es, nos asumimos como devenir, como movimiento, como proyecto, como libertad y por tanto nunca siendo autoridad de algo, sino solo justificación de la propia existencia. Lo mismo en el ámbito cultural o religioso, uno no es cristiano por saber teología sino por elegirse en su propio proyecto como un compromiso activo, integral y responsable de serlo. Pero no se llega a ser cuando cumplo con los deberes de la institución, no se llega a ser cuando cumplo con las técnicas de una obra cultural o social, sino cuando en la vida interior, en ese lugar incomunicable, me esfuerzo y me elijo en el sentido y el significado de serlo. Lo cual por ser libertad no se agota en una forma de ser o en una religión específica, sino que se renueva y se revela como novedoso en cada elección.
En este sentido se denota que los seres humanos no somos buenos o malos por naturaleza, egoístas o compasivos por necesidad, sino porque hemos elegido a favor de nuestra condición o en contra de ella, como nos dice Simone de Beauvoir: “las empresas humanas solo adquieren valor  por su actitud y su libertad, y eso trasciende hasta la muerte” (Beauvoir:2009, p. 50) Por ello el existencialismo trata de que el hombre asuma la verdad de su condición, pues por no mirar de frente, el hombre se agota en la resistencia que le opone. (Beauvoir:2009, p. 55) De hecho cuando se dice que el existencialismo es pesimista por presentar a unos canallas como en la obra de Sartre, es porque no se quiere aceptar que el mal no es el efecto de una causa o algún pretexto bien explicado por un psiquiatra, sino porque lo eligieron.
Pero esto es precisamente lo que en general queremos evitar, la libertad, la responsabilidad. Evitamos sabernos sujetos de nuestros propios actos  y de nuestros valores que eso conlleva. Existe un temor generalizado a ser uno mismo y se buscan mil escapes a la libertad, no se quiere asumir el esfuerzo, no se quiere asumir el ser la causa de ello. Para lo cual entonces se toma como argumento la llamada sabiduría de los pueblos para justificar que no podemos ser libres y que lo que somos depende de una forma de ser natural o de un mecanismo que responde a una cierta utilidad, contra la que no se puede hacer nada. Contra el existencialismo y contra la libertad se toman partido de las filosofías de la inmanencia.
Esta sabiduría de los pueblos responde al temor de asumir la responsabilidad, se quiere ver en los éxitos y en los fracasos formas de salvarse de que la única justificación de la propia existencia, es decir, de tener una razón de existir es asumirse como libertad. Por ejemplo, el ingeniero que construye puentes, la mujer que tiene hijos, algunos matrimonios o el éxito en los negocios quieren verse todos ellos como fine útiles que dieran la razón última de nuestra existencia. Pero el existencialismo lo que pregona es que ninguna utilidad es justificación, y por ello si la partida no está ganada es preciso luchar y arriesgar minuto a minuto, y esto es un incordio para nuestra pereza. El existencialismo inquieta no porque hable de desesperación sino porque exige una tensión constante.
En general la sabiduría de los pueblos se refiere al hombre como un mecanismo bestial que es impulsado por dos resortes: el interés y la lujuria. Son una moral del interés y la tristeza naturalista, en la cual no hay nada que el hombre no pueda hacer por interés y no hay nada que el hombre no haga movido por la necesidad natural. Por ello en algunos casos se educó a las mujeres a ser parte de esos intereses y tratar a los hombres como engranajes mecánicos, fingiendo una ilusoria libertad. Esta sabiduría transforma la fidelidad de un matrimonio en efecto de la rutina y el hábito por amor a una institución social, (Beauvoir:2009, pp.29,33,36) Y todas estas no son más que formas de sepultar la libertad, en la resignación de atacar al existencialismo y a la filosofía de pesimista, porque no quieren tomar riesgos, siendo de esta forma realmente pesimistas, pues no consideran al hombre capaz de ninguna relación auténtica. Acusan al existencialismo de subjetivista, pero lo hacen, porque instalados en la moral del interés, el yo es una cosa o un objeto que tiene necesidades e intereses que colmar y saciar.
Simone de Beauvoir nos termina diciendo que toda sabiduría de los pueblos se constitutye por los lugares comunes, los clichés con los cuales ocultamos nuestra condición humana y la hacemos manejable, interesada, mecánica y sobre todo confortable. En la cual no hay nada que asumir, libertad que elegir o nada a lo que enfrentarse, de alguna manera está todo ya hecho y dicho sobre el tablero de ajedrez, y basta con que nos comportemos de acuerdo a ella, o más bien nos resignemos a ser como esos deberes abstractos y externos de la moralina, que están llenos de interés pero vacíos de humanidad. Y vivir así es una vida inmoral, porque no permite que el ser humano sea efectivamente en su propia condición.
La propuesta de Simone de Beauvoir es que el existencialismo es una moral de la trascendencia del interés y la naturaleza, en la cual el hombre se encuentra a sí mismo con lo que realmente es, un ser inacabado, indeterminado, e insuficiente. Por ello con vocación de posibilidad en lo imposible, para lo cual debe arriesgarlo todo, no hay como dice Beauvoir ningún estado de equilibrio o de salud que sea moral de por sí o de singularidad que sea inmoral por sí misma, la moral no es el privilegio de algunos cuantos, sino la conquista a la que todos están llamados en su propia condición humana. Es, como nos dice Simone de Beauvoir, en el plano de la guerra, el coraje no es una virtud militar, es decir producto del entrenamiento, sino humana. Puesto que asumir y superar las propias angustias depende de cada uno en soledad si no se asume en su libertad, de tal forma que elegirse a sí mismo es recibirse a sí mismo en la revelación del propio acto, por lo cual ningún acto puede considerarse acabado como tal. De ahí que el amor en realidad es una elección permanente donde la relación entre los amantes como libertad no depende de haberse casado o de la rutina o de haberse acomodado, sino de elegirse mutuamente una y otra vez, de sus propias voluntades en relación de sus propios proyectos.
La confianza no está dada en la sabiduría de los pueblos, sino como dice Beauvoir “el existencialismo quiere convencerlo de ser auténticamente hombre y afirma el valor de ese logro. Una filosofía semejante puede rechazar audazmente los consuelos de la mentira y la resignación: deposita su confianza en los hombres.” (Beauvoir:2009, p. 58) Podríamos decir como colofón, que una mujer no lo es en todo su valor sino se elige como tal en el proyecto de los ámbitos de trascendencia que su libertad le abre, siempre dirigidos a otro, a otro yo, a otro tú, inclusive a otro que no somos ni tú ni yo.

REFERENCIAS:
Beauvoir, Simone (2009) “El existencialismo y la sabiduría de los pueblos” en El existencialismo y la sabiduría de los pueblos. Edhasa: Barcelona.

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